El Baile de los Secretos
Avance de la novela de Jesús Cañadas
Descripción
Aisaan rodó por el suelo. La lechuzas le cubrían. Sentía picotazos y arañazos por todo el cuerpo. Sus chillidos le apuñalaban los oídos, le invadían la mente con incontables pensamientos funestos. Cubriéndose como podía, intentaba aplastar a los animales con su peso. Un picotazo destinado a seccionarle la lengua le arrancó la primera falange de un dedo. Gritó. Las lágrimas se volvían rojas en sus mejillas. Sir Tadeus le agarró por el cuello de la túnica y saltó al nivel inferior, cargando con él como si fuera un bebé. El heraldo extendió sus alas e intentó planear, pero el peso de ambos le desestabilizó. Los dos hombres cayeron rodando contra el suelo de mármol.
Mercalis hilvanó los hilos de la oscuridad, los trenzó, tiró de ellos. Las sombras de las estatuas y de los celos se agruparon, levantaron un muro negro a su alrededor. Las lechuzas se estrellaron contra él, y el frenesí de las demás las aplastó. Los engendros golpeaban la barrera con una fuerza sobrenatural. Tardó pocos segundos en resquebrajarse. El titiritero apretó los labios, concentrándose. Sus dedos tejían más hilos donde los picos y las garras se abrían paso. Se abrió un agujero en un lateral.
La cabeza de Aisaan todavía daba vueltas a causa del golpe, cuando se encontró con otro monstruo justo encima de él. Uñas ponzoñosas se hundieron en su hombro. Las palabras salieron de su boca casi sin pensarlas. Beati mites. El dolor convirtió su entonación en un chillido. De las puntas de sus dedos surgieron cinco haces dorados, que se extendieron por la plataforma. Las lechuzas a su alrededor enmudecieron y volaron tranquilamente lejos de su alcance. El monstruo sobre él cayó al suelo, presa de un sopor bendito. Por fin pudo ponerse de pie. El poder de Elvansalei corría por su cuerpo como un río en el que se hubiese hundido hasta el pecho. Era una sensación electrizante, alucinógena. Tenía una erección, su piel estaba erizada y temblaba de pies a cabeza.
Sir Tadeus hincó una rodilla para levantarse. Una hoja metálica tintineó en el suelo a pocos centímetros de su nariz. Su espada. Cuando alzó la vista, vio los fríos ojos estelares de Aleatha, llenos de acritud.
—Más vale que sobrevivas a esto—le dijo—. Tendrás que pagar por…
Uno de los engendros la lanzó al suelo. Una ristra de dientes carcomidos se acercó a su garganta. Tadeus no se paró a pensar. Lanzó su espada al aire con el pie, la cogió por el mango y, haciendo un molinete, cercenó limpiamente el brazo de la criatura. Esta cayó hacia un lado y comenzó a llorar entre ofensivos chorretones de sangre oscura. El heraldo hundió la espada en su pecho y la giró. El llanto cesó.
El heraldo esbozó una sonrisa.
—Esto no cambia nada—respondió ella, la sangre cerúlea cayendo por una docena de heridas en su cara. Rechazó la mano que le ofrecía para incorporarse.
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